sábado 23 de julio de 2011

Nunca lo olvidaré

Por primera vez publico en este blog un cuento que no es mío, sino de una amiga que prefiere quedarse en el anonimato. Quiero agradecerle su colaboración y espero que nos recree con alguna otra creación de su cosecha. Mientras tanto, os dejo con la historia...

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El pánico se apoderó de mí. No comprendía por qué mis padres estaban tan contentos. Por qué se empeñaban en cumplir con esa tradición aunque fuera La Ley. Una ley que debía derogarse, nacida de una tradición milenaria y absurda. Mis amigas y yo llevábamos años especulando apesadumbradas sobre esa noche por la que habían pasado todas las mujeres de la aldea. Mi hermana Ha'ani, que se había casado hacía apenas un año, salió de “allí” con una enigmática sonrisa. Cuando la interrogué, no quiso entrar en detalles, solo me dijo "Bah, no es para tanto y te será muy útil haber pasado por esto. Sólo estaba el viejo trabajando mientras la hija miraba y tomaba apuntes sin molestar, casi sin ser vista.”

Temprano por la mañana, el día antes de nuestra boda, mi novio Lai vino a visitarme bajo la estricta mirada de mi padre. Me dio ánimos y se marchó sin siquiera besarme pues mi padre no se separaba de mi lado. Yo estaba cada vez más nerviosa.

Me di un largo baño en el río y dejé mi cabello largo extendido y mi cuerpo desnudo y moreno secarse al sol. Mi madre y mi hermana me vistieron y me prepararon para ir a casa del viejo. El tiempo se hacía eterno. No sabía qué podía esperar y sólo pensaba en mi boda y en Lai. Lai tan tierno, Lai tan masculino, Lai tan dulce…

Llamaron a la puerta y mis padres fueron a abrir. Me dirigí hacia allá asustada y me encontré a la hija del viejo. "Ven" dijo. Me tomó de la mano y nos adentramos en la selva. Me sudaban las manos, me temblaban las piernas y tropecé varias veces por el camino de lo nerviosa que estaba.

Como yo, y como casi todas las chicas de la aldea, era alta y delgada, con el pelo largo y negro, ojos oscuros y una boca de labios gruesos y sensuales.

Me dirigía solemnemente a la cabaña de su padre.

Llegamos a la choza en un claro del bosque donde se iba a celebrar el ritual. Me fijé en que estaba hecha de cañas y muy escondida, aunque todo el pueblo sabía dónde estaba. Ella empujó la puerta en silencio y entramos. Había un lecho que parecía cómodo cubierto de cojines, una mesa pequeña y baja repleta de frutas y jarras con agua e infusiones. Todo estaba adornado con orquídeas y velas, única luz de la estancia, olía a incienso y a flores. Recuerdo haber pensado que mis padres no habían reparado en gastos.

Me senté en la cama pensando en esperar al viejo.

"Me llamo Taitasi. ¿Qué tal estás?" No respondí. Taitasi sonrió comprensiva. "Supongo que estas asustada. Es normal. No te preocupes. Espero que todo sea de tu agrado". Me pidió que me levantara y comenzó a desabrochar mi vestido. Lo hacía con movimientos expertos y sosegados, como si desvistiera a una muñeca. Ella llevaba una túnica sujeta sólo por un broche de bronce. En un abrir y cerrar de ojos la ropa cayó al suelo quedando a sus pies y ella estaba delante de mí completamente desnuda.

Asustada y confusa, con la sangre de todo el cuerpo latiendo en mi cara, miré al suelo sin saber qué hacer. Taitasi me tranquilizó diciendo que si sólo yo estaba desnuda me sentiría más expuesta, pero estándolo las dos, éramos iguales. Tenía razón. Pero me daba un poco de vergüenza. Había visto a mis hermanas y a mi madre desnudas pero a Taitasi la acababa de conocer. Su pelo largo caía por sus pechos de pezones oscuros y su pubis estaba cubierto con un vello fino y bien cuidado.

Nos sentamos en la cama y la muchacha empezó a hablarme de manera tranquilizadora. Me habló del ritual que iba a tener lugar en pocos minutos y del origen de la tradición de la que iba a tomar parte.

“Hace muchos años, un Rey de las islas se casó con una joven virgen y en la noche de bodas ésta se asustó tanto que nunca más pudo hacer el amor con ella, siendo los dos muy desgraciados. Cuando la mujer murió, el Rey decretó la prohibición de casarse con vírgenes. Desde entonces existe la venerable profesión de "desflorador" o, en su caso "desfloradora".
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Me quede atónita.

"Sí, dijo, mi padre ya se ha retirado y ahora me ocupo yo. Si te soy sincera, creo que aunque mi padre era muy bueno en su trabajo (he visto a muchas salir de aquí con lágrimas en los ojos, agradecidas), pero el desfloramiento con una mujer es mejor y tú vas a descubrirlo ahora". Me preocupé bastante aunque, por otro lado, la idea de ser desflorada por un viejo me producía cierta repugnancia.

Taitasi me tumbó en la cama y yo me puse tensa. Me abrazó con ternura. Su cuerpo caliente tenía un tacto increíblemente suave. Me acarició la cintura dulcemente y me besó en la boca. Noté de inmediato que sus labios eran blandos y su aliento olía bien, a menta fresca. Me besaba parecido a como lo hacía yo, nuestras bocas se movían acompasadamente. Era el beso más dulce que me había dado nadie. Toqué su espalda y noté cómo su piel me acariciaba a mí, en vez de yo a ella. Taitasi mordisqueó mi cuello y un escalofrió recorrió mi cuerpo de arriba a abajo. Me acarició el vientre y fue bajando su boca hasta mis pechos. Mi respiración se agitó fuertemente, pues todo estaba siendo agradablemente inesperado. Lamía mis pezones completamente erectos con delicadeza, muy despacio, succionando y lamiendo. Notaba sus cabellos cayendo por mi cintura. Toda ella era una caricia cálida, de piel firme y músculos elásticos. Sentía sus pechos duros cerca de mi sexo, moviéndose al ritmo de su boca. Cuando pensé que no podía sentir nada mejor, Taitasi paró y me miró complacida, con ojos traviesos. Estaba pendiente de mí pero también respiraba agitada. Siguió besando y lamiendo mi vientre y, de repente, me abrió las piernas y se deslizó entre ellas.

El roce de su cabello entre mis muslos me estaba llevando al borde de la locura, así que, cuando posó sus gruesos labios sobre mi clítoris, mi cuerpo empezó a convulsionar en oleadas de un placer tal, que no sabía fuera posible. Ella pasaba la lengua por mi sexo sin prisa y sin pausa, entreteniéndose especialmente en cada pliegue de la piel. Si notaba que mi orgasmo disminuía, aumentaba la velocidad de su lengua sumiéndome en el éxtasis de nuevo. Luego introdujo primero su lengua y después uno de sus dedos dentro de mí con un ruido de chapoteo. Me di cuenta de que hacia un buen rato que había pasado del estado sólido al líquido.

Yo ya no podía más, la espalda arqueada al límite con cada sacudida de placer. De pronto, Taitasi se detuvo. Me abrazo sonriendo. Me encontraba maravillada y muy agradecida ante este placer desconocido. La miré a los ojos suspirando, miré su boca que me había proporcionado tanta alegría y la besé apasionadamente. Sabía diferente, sabía a mí, sabía bien.

Estaba eufórica pues notaba como un nuevo mundo de sensaciones se abría ante mí. Me abalance sobre su sexo como si quisiera beberlo. Tenía un gusto levemente salado, un poco ácido, como una fruta verde y madura al mismo tiempo, e imité lo que había hecho conmigo antes, pero ella me dio la vuelta de tal manera que pudiéramos darnos placer la una a la otra. Taitasi gemía y succionaba a la vez y pronto sentí en mis dedos y mi lengua sus fuertes contracciones. Cuando estábamos relajadas, respirando después de este nuevo orgasmo, se escabulló de debajo de mí y saltó de la cama volviendo con algo en la mano. Vi lo que parecía un cilindro rígido de piedra. Taitasi me atrajo hacia sí y volvió a meterme un dedo, moviéndolo dentro y fuera, presionando en un punto que me hacía desear abrir mi cuerpo, más y más. Al primero siguió otro dedo y otro más, a partir de ahí, perdí la noción del tiempo. Notaba que mi piel se estiraba cediendo a sus caricias. Note la punta del artilugio que se fue mojando con mi propia esencia y lo fue introduciendo, girándolo de manera espiral mientras volvía a lamer mi clítoris. Sentía que dentro de mí estaba completa, sentía mi vientre lleno y de repente, todo se volvió borroso y oscuro.

Cuando volví en mí, Taitasi estaba a mi lado mirándome sonriente. Sólo pude decir "Gracias". Estaba bien, mejor que bien, aunque notaba que me dolía todo el cuerpo, me sentía muy satisfecha. Ella me enseñó la mancha de sangre, prueba de mi virginidad. La recortó de la sabana y la guardó en un cofrecito de madera que sería entregado a mi futuro marido al día siguiente.

Nunca lo olvidaré.

martes 3 de mayo de 2011

Ya no eres la misma persona




Me fijé en él nada más aparecer por el bar de la fiesta de cumpleaños de una amiga. Era tan guapo… Tan valiente… Tan extrovertido… El alma de la fiesta, contando las anécdotas de sus viajes de aventura, de sus deportes arriesgados, de sus horas en el gimnasio, de sus salidas nocturnas… Era todo lo que se podía desear. Era tan guapo…

Poco después me enteré de que salía con mi amiga, que la noche de su cumpleaños terminaron compartiendo el amanecer debajo del edredón y desde entonces, se veían de vez en cuando.

Pasaron los años y supe, por un conocido, que habían roto. Que ella decía que ya no era la persona de la que se había enamorado. Decidí, con afán de cotilleo por mi parte, llamar a mi amiga para tomar un café y enterarme de primera mano de lo que había pasado.

La cita era en una cafetería tranquila del centro. Como siempre, ella llegó tarde y me puse a esperar en una mesa, con un chocolate caliente y un plato de churros. Cuando llegó, pidió un cortado mientras se sentaba enfrente de mí y empezó a hablar:

“Ya sabes lo que ha pasado. Menudo chasco. ¿Te acuerdas de lo guapo que estaba, de cómo se cuidaba, de las anécdotas que contaba de sus viajes, de sus deportes de riesgo, de sus aventuras,…? Era el hombre ideal, vi cómo le mirabais todas, que no soy ciega.

El caso es que empezamos a vernos y fenomenal. Bueno, no tan fenomenal, porque él nunca tenía tiempo para nada. Entre el gimnasio, el trabajo, las fiestas, los amigos y otras historias, al final sólo nos quedaba una tarde al mes o así. Así que le pedí que fuera un poco menos al gimnasio para poder quedar más. Me hizo caso, y así podíamos estar juntos un par de tardes por semana. Empezó a tener “michelines”, pero no me importó, total, su ropa seguía quedándole muy bien.

Claro, con el tiempo, echaba de menos salir también con él los fines de semana. Le pedí que se fuera menos a menudo con los amigos para poder ir al cine y al teatro conmigo. Lo hizo. Y, quitando el primer fin de semana, que nos vimos media cartelera, el resto nos quedábamos en casa, en el sofá, viendo películas antiguas o series bajadas de Internet. Ahí, que ya no tuviera la tripa tan dura era incluso de agradecer, porque así podía tumbarme en el sofá y apoyar la cabeza en su barriguita incipiente. Claro, dejó de ponerse esa ropa estupenda de diseño. Total, para quedarnos en casa, no merecía la pena.


Con el paso del tiempo, empecé a pensar que estaría bien que nos fuéramos a vivir juntos, pero como sólo le veía un par de días por semana y los findes, le pedí que dejara los demás deportes que practicaba, para poder pasar juntos todas las tardes de la semana. Se aficionó a venir a casa y vaciarme la despensa. Patatas fritas, cervezas, palomitas. La tripa crecía y me lo llevé de compras. Por fin iba a llevar la ropa que a mí me gusta. Una tarde estupenda. Se dejó hacer tranquilamente, comprando pantalones, camisas y camisetas sin rechistar.

Encontré un piso estupendo en el centro, sin plaza de garaje, eso sí, así que tuvo que vender su deportivo. Total, para lo poco que hacíamos... Y había que pensar que si algún día teníamos niños, en un deportivo no hay sitio para sillitas, y pañales, y maletas para ir de excursión familiar los fines de semana…

Al principio todo iba bien pero él viajaba mucho y yo me quedaba sola en casa. Le pedí que cambiara de trabajo. Que se buscara otro en el que viajara menos para hacerme compañía. Encontró un trabajo estupendo en una oficina. Podía incluso ir en autobús. Estaba tan mono con su corbatita, y su chaqueta, y su maletín, que todas las mañanas le daba un azotito en el culete para animarle el día. Terminó adaptándose a estar todo el día metido en su despacho. Los únicos viajes que hacíamos eran a la casa de la playa de mi familia en Semana Santa y vacaciones de verano. No parecía importarle mucho haber cambiado el rafting y la escalada por las tardes en el paseo marítimo y las mañanas de arena, sol y chiringuito.

Yo era feliz. Muy feliz. Aunque ya la tripa le sobresalía de la cintura de los pantalones, aunque le costaba subir la compra a casa, aunque ya no salíamos nunca con los amigos porque ya no le llamaban para ir por ahí de bares y discotecas…

Un día, me puse a vaciar sus estanterías para pintar de malva el salón de casa, que había visto en una revista que estaba de moda. Allí estaban, entre otras muchas cosas, los álbumes de fotos que se había traído cuando nos mudamos a vivir juntos. Me pasé un buen rato mirando uno de ellos. Aquél en el que estaba más guapo, en el que se le veía la tableta de chocolate en el abdomen, en el que sonreía después de escalar una de las pistas más difíciles de la Sierra, en el que saludaba a la cámara, bastón en mano, aquel invierno que se fue a los Alpes con los amigos a esquiar o en el que, desde lo alto del lomo de un camello, se le veía mirando un atardecer sobre las dunas de un desierto perdido.

Y ahí fue cuando me di cuenta de que ya no era ni guapo ni extrovertido. Había echado una tripa impresionante y no quería salir nunca por ahí. Que había escuchado las anécdotas de sus viajes tantas veces que ya me las sabía de memoria. Ya no se cuidaba ni se vestía con el mismo gusto que cuando nos conocimos. Ya no era el hombre del que me enamoré.

Así que ahí estamos. Se fue del piso. Al fin y al cabo, nunca le había gustado mucho esa casa.

¿Y yo? Pues yo estoy bien. El otro día conocí a un chico en la inauguración de una exposición de pintura. Es tan guapo, tan intelectual, con esas gafitas tan monas que lleva, con ese jersey de cuello alto que moldea sus hombros. Es tan majo, tan tímido. Terminamos viendo el amanecer desde debajo del edredón esa misma noche…”

Con esa frase terminó nuestra conversación. Ella había quedado con su intelectual para ir al a filmoteca aunque ella no entiende el armenio, pero me decía que ya se encargaría ella de aficionarlo a los estrenos de Hollywood y los musicales, aunque mejor, y para ahorrar, le propondría que el fin de semana siguiente hicieran una maratón de “Sexo en Nueva York”. Estaba segura de que
a él le iba a encantar, sobre todo si llenaba la nevera de helado de chocolate…

Volví a casa pensativa, pero me quedé sin tiempo, había quedado un un chico guapo, valiente, extrovertido, soltero reciente, para ir a entrenar. Era uno de los pocos ratos libres que teníamos para estar juntos y estaba dispuesta a aprovechar el tiempo al máximo.

lunes 7 de febrero de 2011

Sorpresa




Tarde de domingo. Telediario de la 1. Portátil en las rodillas. 

Suena el teléfono.

Oigo tu voz en el auricular y cierro los ojos. Imagino tus labios moviéndose al ritmo de tus palabras. Tu sonrisa. Tus ojos. Tus labios. No puedo despegar la mente de tus labios.

Tus labios como una fruta. Jugosos. Tus labios. Serios, sonrientes, pidiendo una caricia, un beso, el contacto de otros labios.

Y tu cuerpo. Soy demasiado consciente de tu cuerpo debajo de la ropa. Del calor de tus manos, de los latidos en las venas que trepan por tu cuello, de los lunares que puntúan la compleja caligrafía de tu piel. Daría cualquier cosa por besarlos uno a uno, por recorrer el mapa de tus miembros rozándolos apenas con una caricia. Intentar una y otra vez borrarlos con la lengua. Descubrir los rincones, las colinas y los valles del paisaje cuyo horizonte termina en tus ojos.

Tocarte. Me tiemblan las manos si pienso en ponerlas en tus hombros, en tus brazos, en tu espalda. Tocarte por tocarte. Tocarte por placer. Por sentir el calor que emana de ti. La vida que anima tus gestos. Sólo tocarte. Un gesto inocente. Tocarte e intentar hacer hablar a las yemas de mis dedos cuando las palabras se quedan cortas.

Se me eriza la piel de la nuca de pensar en oler tu cuello, en hundir la nariz detrás de tu oreja. Aspirar hasta que mis pulmones se llenen y soltar el aire despacio, para saborearlo, para saborearte con la punta de la lengua. Memorizar cada detalle y retener una parte de ti dentro de mí.

Todas esas sensaciones pasan por detrás de mis ojos en un instante, mientras te escucho, pienso en las réplicas, te cuento mis días, pero no mis noches, en que me acuesto, entre las sábanas, apago la luz y me pongo a pensar, a recordar, a imaginar y sueño. Con un beso.



miércoles 15 de diciembre de 2010

Queridos Reyes Magos




Este año he sido buena, mala y regular. Pero como decía Mae West, “cuando soy buena, soy muy buena, y cuando soy mala soy mucho mejor”. Así que para lo que nos preocupa, he sido buena buenísima.

Este año quiero un amante. Un amante guapo, moreno, alto o por lo menos más alto que yo. Con unos labios carnosos, jugosos y suaves. Unos ojos rodeados de pestañas espesas y largas. Una cara masculina, con barba de dos días, que ya sabéis que me gustan los hombres con pinta desaliñada y cuidada al mismo tiempo.

Quiero que tenga manos hábiles, cuidadas, que sepan disfrutar de los rincones de mi cuerpo sin prisa pero sin pausa. Unos brazos cálidos en los que refugiarme. Un pecho amplio, duro en el que apoyarme después de hacer el amor.

Una lengua inquisidora y curiosa que explore los recovecos de mi carne húmeda y consiga que me convierta en el animal tembloroso y gimiente que sé que puedo llegar a ser.

Me gustaría que tuviera una polla bonita. Ni muy grande ni muy pequeña. Justa para abrirse paso entre mis muslos, entre mis pliegues y sentir sus vaivenes dentro de mí hasta que me arranque gritos de placer. Una polla chupable, enhiesta, insolente, perversa, caliente, palpitante... Para poder lamerla y regodearme en todos sus detalles.

Quiero que venga cargado de besos lánguidos, de esos que parece que no se van a acabar nunca y que consiguen que me derrita, o por lo menos, que se forme un charco entre mis piernas.

Quiero que tenga imaginación, que se deje llevar y que me lleve al cielo y al infierno en esa montaña rusa que es el sexo descocado y sin tabúes.

Quiero que sea malo, pero lo justo, para hacerse desear aún más, y que me siga el juego cuando la mala sea yo. Quiero que se deje hacer, y que me haga, que sea verdugo y víctima a la vez.

Quiero poder descansar en su hombro, en un mar de piernas enlazadas y sábanas deshechas, cubiertos de sudor después del sexo, y amodorrarme relajada sin culpa ni vergüenza.

Quiero todo eso y más. Que este año he sido buena buenísima. De verdad. De la buena.

sábado 7 de agosto de 2010

Horas extra







Era la última hora de la tarde, cuando ya estaba pensando en quitarme el traje, la corbata y los zapatos, coger una cerveza fría de la nevera y tirarme en el sofá a ver la tele. Ese momento de las jornadas de trabajo en que suelo repasar los mails del día para ver si me he dejado algo por hacer, pero cuando ya no tengo ni la mente ni el corazón en la tarea. Justo ESE momento. Y va mi jefa, sale del despacho con paso firme, se para enfrente de mi escritorio con un montón de papeles en la mano y me endosa un marrón del quince, o del veinte, según se mire.

“Repasa los informes de ventas del último trimestre porque hay algo que no me cuadra. Y lo quiero para ayer.” Y va la tía y se vuelve de espaldas, andando decidida por el pasillo, con su traje de chaqueta oscuro, su blusa blanca transparente, su collar de perlas, su peinado perfecto, sus taconazos… El vaivén de su culo bajo la falda me pareció un gesto de despedida obsceno, una última burla, antes de desaparecer tras la puerta de su despacho.

Doscientos veinticinco informes, sin ordenar, ni por fecha, ni por localidad, ni por vendedor, ni por nada. En papel. En mi mesa. Horas de curro por delante con una triste taza de café medio vacía por toda compañía.

Lo peor fueron las miradas de compasión de mis compañeros cuando se fueron despidiendo uno a uno. Todos pasaron por mi mesa con una palabra amable desmentida por esas miradas que dicen a gritos “Te jodes, pardillo”. Y yo allí, enmarronao rodeado de papeles por todas partes.

La luz fue decreciendo al otro lado de la ventana. Las farolas empezaron a encenderse y el tráfico se volvía cada vez más denso. Todos felices, yéndose a casa, a disfrutar de un merecido descanso. Y yo con mis doscientos veinticinco informes de ventas del segundo trimestre. Las ocho, las nueve, las diez…

A eso de las once, con la mirada vidriosa por el cansancio y el esfuerzo, veo que se abre otra vez la puerta del despacho maldito. Por Dios, que no se le haya ocurrido una nueva forma de torturarme. Se aproxima. Se queda de pie a mi lado. Tan cerca que puedo oler su perfume saliendo de algún lugar de debajo de la falda. No lleva puesta la chaqueta. Se sienta en mi mesa. Sus piernas largas y perfectas a la altura de mis manos, sus pechos erguidos a altura de mi cara. “¿Cómo lo llevas?” No me lo podía creer. Era la primera palabra amable que me dirigía en los dos meses que llevaba en la empresa. “Bien” Miento. Y rezo porque se vaya y me deje terminar en paz.

Se inclina sobre mí, dejándome entrever un sujetador blanco de encaje y el triángulo de piel morena de su cuello. “Gracias por quedarte” Susurra en mi oído. Y empieza a hacer algo que no me habría atrevido a soñar ni en mis más alocadas fantasías. Me mordisquea el cuello, la oreja, me respira en la nuca.

Me revuelvo incómodo en la silla, tengo una erección de caballo y sé que ella lo sabe, la muy zorra.

Se agacha todavía más y desabrocha mi bragueta, me saca la polla, me raspa la cremallera, pero me da igual, necesito que la toque, que la coja, que la chupe, que le haga cualquier cosa con tal de calmar ese dolor que se me está poniendo. Creo que nunca la he tenido tan dura. En vez de eso, empuja mi silla hasta que me quedo frente a ella, se levanta la falda ensenándome un liguero blanco y nada más, si acaso una tirilla de pelo negro en el pubis, y se monta sobre mí con las piernas muy abiertas. Joder… Menudo horno que tiene la colega entre las piernas. No sabía que un coño pudiera estar tan caliente.

Agarrada al respaldo empieza a balancearse sin dejar de mirarme a los ojos. No sé qué hacer con las manos. Sigue siendo mi jefa. Las pongo en su culo. Está duro, apretado. Muchas horas de gimnasio. Sigue moviéndose. Acelera. La silla chirría, protesta, pero aguanta como una campeona. Ya no veo nada, no siento nada. Mis manos en su culo, mi polla en su coño, chorreando. Un sonido líquido, de chapoteo, y un par de gemidos por banda sonora. Creo que voy a estallar. Ella se arrima más a mí, se mueve más rápido. Ahora alterna el balanceo con movimientos más violentos. Se levanta sobre sus tacones y se deja caer. Voy a estallar. Se lo digo. Me susurra “Sííííí, dámelo todo” No me puedo contener. Con un par de espasmos la lleno entera. El cuello tenso, los hombros clavados en el respaldo de la silla, mis manos apretando sus carnes, ella se deja ir, gime bajito, noto que se le han subido los colores a las mejillas, tiene una sonrisa traviesa que no había creído posible ver dibujada en su cara.

Tres segundos. La tía va y se queda tres segundos más encima de mí antes de levantarse, estirarse la falda, darse la vuelta y andar decidida por el pasillo, con su traje de chaqueta oscuro, su blusa blanca transparente, su collar de perlas, su peinado perfecto, sus taconazos, y un hilillo de semen escurriendo sobre sus medias, brillante y líquido. El vaivén de su culo bajo la falda me hipnotiza hasta que desaparece tras la puerta de su despacho.

Ya llevo seis meses trabajando allí. Una vez por semana, más o menos, mi jefa me endosa un marrón de esos que hacen palidecer hasta a los más veteranos, pero a mí ya no me importa. También me dan igual las miraditas de pena de los compañeros, o las burlas que sé que hacen a mis espaldas. Sé que en un par de horas, o tres, o cuatro, ella saldrá de su despacho, con su traje de chaqueta oscuro, a revisar cómo va la tarea. Y lo mejor de todo… ¡Me pagan las horas extra!

viernes 14 de mayo de 2010

Un beso de mierda




“Cierra los ojos. Quédate quieto. No te muevas”

Ahí estaba. Desnudo, tembloroso, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Respirando pausado. Él aspiraba el aire por la nariz y lo soltaba por la boca. Me incliné sobre su mejilla. Sentía su aliento sobre la cara y en la nariz. Saboreé su aroma cerrando los ojos para concentrarme en los matices. La nota principal era sensual, húmeda y caliente, como de selva, con un punto salvaje. También aparecían un rastro de canela, una sospecha de manzana y un puntito de azahar.

Respiré aquél licor hasta que creía que me iban a estallar los pulmones. Lo guardé como un tesoro en mi pecho hasta que me llené la cabeza y la nariz con él y lo fui soltando despacio, mezclándolo con mi propio aliento para que él lo respirara a su vez. Aire compartido.

Sin tocarle, le miré de frente. Me fui inclinando sobre sus labios poco a poco, con un movimiento suave y controlado, hasta quedar a un filo de papel de distancia de su boca. Disfrutando de la anticipación del momento en que por fin las pieles se fundieran. Allí me quedé un momento. Esperando a que mi cuerpo respondiera con ese escalofrío que hace que mi sexo despierte y se inflame y se inunde.

Los labios se juntaron. Un beso suave. Apenas un roce ligero. Estiró el cuello buscando más, pero me retiré.

“Te he dicho que no te movieras”

Ahí estaba. Desnudo, tembloroso, esperando.

Le besé con más fuerza esta vez. Sus labios estaban secos y calientes. Apoyé los míos encima y los moví hasta que se acoplaron perfectamente, como en un puzle que se termina. Deslicé la lengua entre mis dientes y toqué su piel de izquierda a derecha y de derecha a izquierda sintiendo cada pliegue. Empujé un poco más con la lengua y la hice resbalar hacia el interior de su boca. Me encontré con la punta de su lengua. Sabía aún mejor que su aliento. Estaba mojada, caliente y jugosa. Quise enroscarla con la mía, tocarla, chuparla y recorrerla entera. Lo fui haciendo pausadamente, disfrutando de cada detalle, de cada pequeño saliente y asperidad, del sabor de su saliva y del tacto de su piel.

Me decidí a tocarle con las manos. Una erección gloriosa, dura y ardiente, asomaba entre sus piernas. Abrió los ojos y con una gran sonrisa me dijo:

“¿Ves lo que has hecho? Y todo por un beso de mierda”

jueves 1 de abril de 2010

El catálogo




El miércoles pasado tenía ginecólogo. Una visita que nunca es agradable pero que es obligatoria todos los años. Estaba en la sala de espera, aburrida. No sé para qué me da hora y me pide puntualidad si siempre tengo media docena de mujeres delante y me recibe horas más tarde del horario convenido.


Me repantingué en el sofá. Uno de esos sofás blancos de cuero, cómodo los diez primeros minutos pero que se convierte en el peor enemigo de tu espalda media hora después de haberte sentado e intenté adoptar una postura agradable que me permitiera relajarme. Paseando la mirada por los muebles lo vi. Estaba debajo de un montón de revistas femeninas caducadas encima de una mesa baja en medio de la habitación. Un catálogo negro, con portadas de cartulina dura. Me llamó la atención y lo cogí, tenía un tacto satinado y un dibujo de una rosa azul estilizada en la cubierta, empecé a ojearlo distraída y cuando leí las primeras líneas, me puse a estudiarlo detenidamente.

Polvos

Eso decía la primera página.

El índice era curioso:

Temporada de primavera 2010:

* Polvos salvajes
* Polvos cariñosos
* Polvos exóticos
* Polvos románticos
* Polvos con accesorios

Todos nuestros polvos están garantizados y cuentan con el aval de nuestro sistema de control de calidad. Si no queda satisfecha, le devolvemos el importe y le ofrecemos un producto igual o superior”

Empecé a leer la parte de los polvos salvajes. Todos implicaban desgarrar la ropa interior, posturas rápidas, de pie o apoyada contra el mobiliario. Todo con muchos jadeos, sudor, y pocas probabilidades de orgasmo a no ser que la clienta se hubiera “preparado” de antemano. Recomendaban una serie de enlaces web a páginas de vídeos porno, por lo de la “preparación” imagino... Nada que me interesara especialmente. Tengo mucho cariño por mi ropa interior y las paredes pintadas con gotelet, así que no me atraen ni la opción de que me rompan las bragas ni la de que me restrieguen el culo contra una superficie rugosa.

Me fui al final del librito. A los polvos con accesorios. Parecía un catálogo de sex-shop y ya tengo bastante de eso. Los accesorios están bien, pero prefiero jugar sola. Tampoco había nada tentador en el capítulo de “cariñosos” o “románticos”. Los primeros porque el cariño de pago tiene que saber a falso, por mucho que esté “garantizado” y los segundos porque los pétalos de rosa en las sábanas destiñen, y no estoy por la labor de pasarme el día siguiente poniendo lavadoras.

Creo que fue entonces cuando decidí que llamaría. Llamaría si encontraba un polvo que pudiera encajar con lo que me apetecía en ese momento.

Miré en la sección que me quedaba, los polvos exóticos. Uno de ellos llamó mi atención:

Nombre del producto: Silencio

Disclaimer: Nuestros repartidores son profesionales, limpios, discretos, educados y firman un compromiso de confidencialidad.

Contenido: El Polvo Silencio incluye besos, caricias, al menos un cunnilingus prolongado, masturbación, sexo con penetración y breve abrazo post-coital. Garantiza un mínimo de cuatro orgasmos a la cliente y una entera satisfacción física.

Descripción del producto: Silencio, uno de los productos estrella de nuestra firma, es un polvo de alta calidad que garantiza al menos cuatro orgasmos a las afortunadas clientes que lo contratan. Es necesario contar con un dormitorio agradable, que la cliente puede amenizar con velas, incienso y otros accesorios. También son recomendables una luz tenue y prendas cómodas que puedan deslizarse suavemente por el cuerpo sin corchetes, botones u otros dispositivos similares.

Todos nuestros repartidores cuentan con un diploma de técnicos sexuales expertos de nivel VI otorgado por las más prestigiosas academias del mundo. Han seguido cursos intensivos de formación y reciclaje en cunnilingus I y II, penetración a nivel avanzado, besos intensos y masaje relajante.

Silencio es un servicio de nivel excepcional que se desarrolla sin palabras que puedan distraer a la cliente del placer sensorial extremo proporcionado por nuestra compañía.

Nuestros productos están garantizados y si no queda satisfecha, le ofreceremos un producto de igual valor o superior al adquirido.

Llevaba casi dos horas en la consulta del ginecólogo. Decidí levantarme y marcharme a casa. Escondí el catálogo disimulándolo en el periódico que llevaba en la mano, pedí otra cita a la enfermera y me fui a casa pensando en lo que acababa de leer. Hurgué en el bolso y cogí el móvil para llamar al teléfono que aparecía en la última página. Una señorita muy amable me pidió los datos de mi tarjeta de crédito y me preguntó una serie de datos sobre mis preferencias y mi domicilio. Me preguntó si necesitaba el servicio para ese mismo día o para otro y, después de pensarlo un minuto, contesté que esa misma tarde sería perfecto.

Llegué a casa y me dí una ducha rápida. Me puse un vestido blanco de tirantes, largo, hasta los pies, sin bragas. Total, para lo que iban a durar... Acababa de salir del cuarto de baño cuando sonó el timbre de la puerta.

Llegó a la hora convenida. Un moreno de ojos verdes. Alto, con labios carnosos, que se quedó en el umbral de mi casa esperando a que le dejara pasar pero sin decir nada. Me besó el cuello mientras cerraba la puerta. Cuando me giré me besó los labios, despacio, abrazándome los hombros. Le llevé al dormitorio y empezó a besarme mientras dejaba caer los tirantes de mi vestido por los hombros. Con un pulgar acariciaba uno de mis pezones, el otro lo besaba y lo lamía y yo sentía escalofríos bajando por mi médula hasta la humedad que iba creciendo entre mis piernas.

El vestido terminó de caer hasta mis pies y sus manos empezaron a recorrer mis curvas con parsimonia. Me tumbó en la cama y revalidó su título de experto con la lengua entre mis piernas y las manos debajo de mis nalgas. Me separó los muslos y se metió dentro de mí, moviéndose con arte y con calma. Me hizo gritar, gemir, suspirar, reír y llorar y fueron más de cuatro los orgasmos que se encadenaban sin palabras pero sin silencio.

Estaba agotada y feliz y decidí terminar aquello con una mamada. Quería que fuera una mamada de nota, de esas que hacen temblar la tierra entera. Empecé por pasar la punta de la lengua sobre el glande. Sabía a lubricante de preservativo. Me lo llevé a la ducha y le enjaboné. La erección se hizo más patente. Una polla grande, dura y palpitante. Me arrodillé en la bañera y empecé a chupar, lamer, besar, tironear, jugar con los dientes, los labios. Succionaba y soltaba esa verga caliente y hermosa. Caía el agua caliente sobre nuestros cuerpos, le masturbaba con la mano y deslizaba la mano entre sus glúteos. Empezaron a temblarle las piernas, iba a correrse sobre mí, sobre mis pechos mojados...

No lo hice a posta, lo prometo. Dí un golpecito con el codo al grifo, lo justo para que el agua pasara de caliente a fría como el hielo.

“¡Joder!” Dijo. Tenía una voz grave y agradable. “¡Joder!” Repitió. “Justo cuando estaba a punto de correrme va y se corta el agua caliente y empieza a salir el agua congelada. ¡Me cago en la puta!” La gloriosa erección que tenía un momento antes en la mano se había convertido en un miembro blandito que se escurría entre mis dedos... Se secó, se vistió y se fue. Yo busqué mi móvil y el registro de llamadas.

He llamado otra vez al número del catálogo. Les he puesto una reclamación. De silencio nada de nada. El repartidor había hablado. Me han ofrecido cambiarlo por un Polvo Superlativo para la semana que viene. Ya os contaré qué tal me va...