Por primera vez publico en este blog un cuento que no es mío, sino de una amiga que prefiere quedarse en el anonimato. Quiero agradecerle su colaboración y espero que nos recree con alguna otra creación de su cosecha. Mientras tanto, os dejo con la historia...
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El pánico se apoderó de mí. No comprendía por qué mis padres estaban tan contentos. Por qué se empeñaban en cumplir con esa tradición aunque fuera La Ley. Una ley que debía derogarse, nacida de una tradición milenaria y absurda. Mis amigas y yo llevábamos años especulando apesadumbradas sobre esa noche por la que habían pasado todas las mujeres de la aldea. Mi hermana Ha'ani, que se había casado hacía apenas un año, salió de “allí” con una enigmática sonrisa. Cuando la interrogué, no quiso entrar en detalles, solo me dijo "Bah, no es para tanto y te será muy útil haber pasado por esto. Sólo estaba el viejo trabajando mientras la hija miraba y tomaba apuntes sin molestar, casi sin ser vista.”
Temprano por la mañana, el día antes de nuestra boda, mi novio Lai vino a visitarme bajo la estricta mirada de mi padre. Me dio ánimos y se marchó sin siquiera besarme pues mi padre no se separaba de mi lado. Yo estaba cada vez más nerviosa.
Me di un largo baño en el río y dejé mi cabello largo extendido y mi cuerpo desnudo y moreno secarse al sol. Mi madre y mi hermana me vistieron y me prepararon para ir a casa del viejo. El tiempo se hacía eterno. No sabía qué podía esperar y sólo pensaba en mi boda y en Lai. Lai tan tierno, Lai tan masculino, Lai tan dulce…
Llamaron a la puerta y mis padres fueron a abrir. Me dirigí hacia allá asustada y me encontré a la hija del viejo. "Ven" dijo. Me tomó de la mano y nos adentramos en la selva. Me sudaban las manos, me temblaban las piernas y tropecé varias veces por el camino de lo nerviosa que estaba.
Como yo, y como casi todas las chicas de la aldea, era alta y delgada, con el pelo largo y negro, ojos oscuros y una boca de labios gruesos y sensuales.
Me dirigía solemnemente a la cabaña de su padre.
Llegamos a la choza en un claro del bosque donde se iba a celebrar el ritual. Me fijé en que estaba hecha de cañas y muy escondida, aunque todo el pueblo sabía dónde estaba. Ella empujó la puerta en silencio y entramos. Había un lecho que parecía cómodo cubierto de cojines, una mesa pequeña y baja repleta de frutas y jarras con agua e infusiones. Todo estaba adornado con orquídeas y velas, única luz de la estancia, olía a incienso y a flores. Recuerdo haber pensado que mis padres no habían reparado en gastos.
Me senté en la cama pensando en esperar al viejo.
"Me llamo Taitasi. ¿Qué tal estás?" No respondí. Taitasi sonrió comprensiva. "Supongo que estas asustada. Es normal. No te preocupes. Espero que todo sea de tu agrado". Me pidió que me levantara y comenzó a desabrochar mi vestido. Lo hacía con movimientos expertos y sosegados, como si desvistiera a una muñeca. Ella llevaba una túnica sujeta sólo por un broche de bronce. En un abrir y cerrar de ojos la ropa cayó al suelo quedando a sus pies y ella estaba delante de mí completamente desnuda.
Asustada y confusa, con la sangre de todo el cuerpo latiendo en mi cara, miré al suelo sin saber qué hacer. Taitasi me tranquilizó diciendo que si sólo yo estaba desnuda me sentiría más expuesta, pero estándolo las dos, éramos iguales. Tenía razón. Pero me daba un poco de vergüenza. Había visto a mis hermanas y a mi madre desnudas pero a Taitasi la acababa de conocer. Su pelo largo caía por sus pechos de pezones oscuros y su pubis estaba cubierto con un vello fino y bien cuidado.
Nos sentamos en la cama y la muchacha empezó a hablarme de manera tranquilizadora. Me habló del ritual que iba a tener lugar en pocos minutos y del origen de la tradición de la que iba a tomar parte.
“Hace muchos años, un Rey de las islas se casó con una joven virgen y en la noche de bodas ésta se asustó tanto que nunca más pudo hacer el amor con ella, siendo los dos muy desgraciados. Cuando la mujer murió, el Rey decretó la prohibición de casarse con vírgenes. Desde entonces existe la venerable profesión de "desflorador" o, en su caso "desfloradora".
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Me quede atónita.
"Sí, dijo, mi padre ya se ha retirado y ahora me ocupo yo. Si te soy sincera, creo que aunque mi padre era muy bueno en su trabajo (he visto a muchas salir de aquí con lágrimas en los ojos, agradecidas), pero el desfloramiento con una mujer es mejor y tú vas a descubrirlo ahora". Me preocupé bastante aunque, por otro lado, la idea de ser desflorada por un viejo me producía cierta repugnancia.
Taitasi me tumbó en la cama y yo me puse tensa. Me abrazó con ternura. Su cuerpo caliente tenía un tacto increíblemente suave. Me acarició la cintura dulcemente y me besó en la boca. Noté de inmediato que sus labios eran blandos y su aliento olía bien, a menta fresca. Me besaba parecido a como lo hacía yo, nuestras bocas se movían acompasadamente. Era el beso más dulce que me había dado nadie. Toqué su espalda y noté cómo su piel me acariciaba a mí, en vez de yo a ella. Taitasi mordisqueó mi cuello y un escalofrió recorrió mi cuerpo de arriba a abajo. Me acarició el vientre y fue bajando su boca hasta mis pechos. Mi respiración se agitó fuertemente, pues todo estaba siendo agradablemente inesperado. Lamía mis pezones completamente erectos con delicadeza, muy despacio, succionando y lamiendo. Notaba sus cabellos cayendo por mi cintura. Toda ella era una caricia cálida, de piel firme y músculos elásticos. Sentía sus pechos duros cerca de mi sexo, moviéndose al ritmo de su boca. Cuando pensé que no podía sentir nada mejor, Taitasi paró y me miró complacida, con ojos traviesos. Estaba pendiente de mí pero también respiraba agitada. Siguió besando y lamiendo mi vientre y, de repente, me abrió las piernas y se deslizó entre ellas.
El roce de su cabello entre mis muslos me estaba llevando al borde de la locura, así que, cuando posó sus gruesos labios sobre mi clítoris, mi cuerpo empezó a convulsionar en oleadas de un placer tal, que no sabía fuera posible. Ella pasaba la lengua por mi sexo sin prisa y sin pausa, entreteniéndose especialmente en cada pliegue de la piel. Si notaba que mi orgasmo disminuía, aumentaba la velocidad de su lengua sumiéndome en el éxtasis de nuevo. Luego introdujo primero su lengua y después uno de sus dedos dentro de mí con un ruido de chapoteo. Me di cuenta de que hacia un buen rato que había pasado del estado sólido al líquido.
Yo ya no podía más, la espalda arqueada al límite con cada sacudida de placer. De pronto, Taitasi se detuvo. Me abrazo sonriendo. Me encontraba maravillada y muy agradecida ante este placer desconocido. La miré a los ojos suspirando, miré su boca que me había proporcionado tanta alegría y la besé apasionadamente. Sabía diferente, sabía a mí, sabía bien.
Estaba eufórica pues notaba como un nuevo mundo de sensaciones se abría ante mí. Me abalance sobre su sexo como si quisiera beberlo. Tenía un gusto levemente salado, un poco ácido, como una fruta verde y madura al mismo tiempo, e imité lo que había hecho conmigo antes, pero ella me dio la vuelta de tal manera que pudiéramos darnos placer la una a la otra. Taitasi gemía y succionaba a la vez y pronto sentí en mis dedos y mi lengua sus fuertes contracciones. Cuando estábamos relajadas, respirando después de este nuevo orgasmo, se escabulló de debajo de mí y saltó de la cama volviendo con algo en la mano. Vi lo que parecía un cilindro rígido de piedra. Taitasi me atrajo hacia sí y volvió a meterme un dedo, moviéndolo dentro y fuera, presionando en un punto que me hacía desear abrir mi cuerpo, más y más. Al primero siguió otro dedo y otro más, a partir de ahí, perdí la noción del tiempo. Notaba que mi piel se estiraba cediendo a sus caricias. Note la punta del artilugio que se fue mojando con mi propia esencia y lo fue introduciendo, girándolo de manera espiral mientras volvía a lamer mi clítoris. Sentía que dentro de mí estaba completa, sentía mi vientre lleno y de repente, todo se volvió borroso y oscuro.
Cuando volví en mí, Taitasi estaba a mi lado mirándome sonriente. Sólo pude decir "Gracias". Estaba bien, mejor que bien, aunque notaba que me dolía todo el cuerpo, me sentía muy satisfecha. Ella me enseñó la mancha de sangre, prueba de mi virginidad. La recortó de la sabana y la guardó en un cofrecito de madera que sería entregado a mi futuro marido al día siguiente.
Nunca lo olvidaré.






